I. Miguelito y el extraño objeto

La mamá de Miguelito invitó a las señoras de la Asociación para Ayudar a los Refugiados a merendar a casa y así organizar la gala benéfica para recaudar fondos. A las 17:30H Miguelito estaba ataviado con traje y pajarita y aleccionado por su madre de no utilizar ningún objeto electrónico durante la merienda. Tenía que estar quieto, callado, sonriente y encantador con las señoras que en breves minutos iban a invadir su casa. Y la invasión comenzó, el timbre no paraba de sonar y Gertrudis no daba abasto a acomodar a las visitas y traer las bandejas repletas de dulces desde la cocina. Miguelito se sentía tan fuera de lugar que buscaba el apoyo de su incondicional amigo Rodolfo, pero su madre lo había encerrado en el jardín trasero. Todo eran aspavientos, pellizcos en las mejillas y besos de señoras, que a los ojos de Miguelito eran horrendas y sonaban como las cacatúas que había visto el otro día en la visita que su clase había hecho al zoo.

¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿Tienes muchos amiguitos en el cole?

Miguelito estaba harto de preguntas estúpidas. Que fuera un niño no significaba que fuera idiota. De repente se acordó que había logrado esconder el Smartphone de su madre. Cuando esta salió un momento del salón para dar indicaciones a Gertrudis lo sacó del bolsillo trasero del pantalón y todo tuvo sentido. Hipnotizado por la pantalla Miguelito ni veía ni escuchaba nada de lo que sucedía a su alrededor. Fue una suave caricia y la severa mirada de su madre lo que hizo que apartara la vista del Smartphone. Con dulzura su madre lo tomo por los hombros y con voz severa lo envió al piso de arriba, requisándole el teléfono.¾Durante la merienda de esta tarde no te quiero ver con ningún aparto electrónico, ya que es una falta de respeto y educación para nuestras invitadas¾.

Miguelito se sentía desamparado en su habitación.  Sin ordenador, ni Tablet, ni Smartphone. Comenzó a dar vueltas por la habitación con las manos en los bolsillos sin saber qué hacer. Un sonido de arañazos en la ventana hizo que se volviera y viera a su fiel amigo peludo Rodolfo pedirle que lo dejara entrar.  Nada más abrir la ventana Rodolfo se lanzó a los brazos de su joven amigo para saludarlo y dejarse caer en el suelo para echar a correr en dirección al desván. Miguelito siguió a su fiel amigo. El desván era un lugar amplio y ordenado con una amplia claraboya en el techo.  Los enormes ojos de Miguelito se extrañaron ante la pared que estaba vestida con una enorme estantería repleta de unos objetos extraños. Con curiosidad Miguelito cogió uno de aquellos objetos y comenzó a mirarlo sin saber qué hacer. No era táctil, no tenía para enchufarlo y al tacto era blando y al abrirlo había hojas finas que contenían dibujos y letras. Desprendía un olor raro y desconocido para Miguelito que le agrado. Era una sensación nueva, tener ese extraño objeto entre las manos. Unos pasos en las escaleras alertaron a Miguelito, era Gertrudis que lo andaba buscando.

Por fin te he encontrado dijo Gertrudis.

Miguelito con el extraño objeto entre las manos miró aliviado hacia las escaleras al comprobar que era Gertrudis quien entraba en el desván. No quería otra reprimenda más de su madre.

Gertrudis he encontrado esto señalando la estantería y el objeto que tenía entre las manos.

Libros dijo Gertrudis con orgullo y cariño. Has hecho un gran descubrimiento.

¿Y para qué sirven? Preguntó inocentemente Miguelito.

Son unos excelentes amigos que nunca te fallan. Te permiten viajar, conocer lugares y gente. Aprendes cosas nuevas y alimentan la imaginación.

Miguelito miró con ojos incrédulos a Gertrudis, era imposible que aquel extraño objeto hiciera todo aquello. Justo cuando iba a preguntarle a Gertrudis la voz enfadada de su madre lo interrumpió. Gertrudis con presteza tiro de Miguelito hasta las escaleras seguidos por Rodolfo, al tiempo que a Miguelito se le caía el libro de las manos. Con curiosidad Miguelito miró el libro tirado en el suelo y con una media sonrisa le dijo un hasta pronto. Tenía que comprobar que lo que le había dicho Gertrudis de aquellos extraños objetos, llamados libros, era cierto.

Ni colorín ni colorado, el cuento no se ha acabado.

Mario Benedetti

Continuara…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *